TABUN…

El TABUN JAPONÉS

Tabun, en japonés, quiere decir “quizás”, “tal vez”, “puede ser”. Al menos esa es la traducción literal. Lo que ocurre es que el lenguaje, en la mayoría de los casos, es sólo una muestra más de la cultura y la sociedad, de sus normas sociales sobre todo. Hay un chiste sobre los franceses, que dice: «Cuando una señorita francesa dice “no”, significa “tal vez”; cuando una señorita francesa dice “tal vez”, significa “sí”; y cuando una señorita francesa dice “sí”, es que no es una señorita». Bueno, con los japoneses es todo lo contrario. Pocas veces un japonés te dirá directamente “no”, puesto que supondría casi un agravio personal para el oyente. Ellos prefieren expresar su opinión discordante o una negativa con un tabun, “tal vez”, muestra de humilde indecisión, pero que en la mayoría de los casos significa un “no” o una opinión contraria a la tuya. El otro día, en un simpático bar de tapas españolas ajaponesadas en el que toda la clientela era japonesa, en compañía de una refrescante sangría le pedí amablemente a la simpática camarera si podía poner un poco de música “salsa” –el primer camarero me trajo la carta de comidas-, a lo que ella respondió que ya estaba sonando “salsa”. Como lo que sonaba era una bosanova brasileira, le dije sin perder la sonrisa que aquello no era salsa sino música brasileira. Mi amable pero directa corrección en mi limitado japonés de recién llegado provocó en la pobre chica casi un shock; la cara le cambió por completo, desapareció su sonrisa, y desapareció también ella al instante en busca de “salsa” de verdad. La anécdota sirve para ejemplificar lo poco acostumbrados que están los japoneses a recibir o emitir opiniones contrarias a las suyas de manera directa; incluso cuando han de hacerlo para recordarte algunas las muchas e inflexibles reglas en edificios, piscinas, restaurantes, metro, etc., lo hacen con tal sufrimiento y desazón que te da complejo de culpabilidad. “A veces ni te lo dicen, sólo ponen cara de has hecho algo malo, y tienes que hacer un esfuerzo por descubrir exactamente el qué”, me cuenta Montse, la esposa del agregado cultural de la embajada mexicana en Tokio.

Mi primer día de piscina cubierta en mi barrio de Nipponbashi, en pleno centro de Osaka, generó un alud de miradas por parte de todos los bañistas nipones hacia mí, no sé si por mi cabeza rapada casi al cero, por el pelo en el pecho, del que los japoneses carecen, por mi colorido bañador ceñido, o por las tres cosas al mismo tiempo. Cuando me dispuse a comenzar mi rutina natatoria, un acongojado salvavidas vino para explicarme que necesitaba un gorro para poder bañarme en la piscina, cosa que me sorprendió, puesto que yo no tenía pelos en la cabeza que cubrirme. Con una sonrisa, le espeté: “Demo, cami ganai”, que es como “Pero si yo no tengo pelo”. De nuevo, advertí una sensación de incomodidad en el pobre trabajador municipal, que insistía en la regla del gorro para poder bañarme en la piscina. Finalmente, accedí a ponerme un viejo gorro de tela rojo que me prestaron, previa firma y anotación de mi número de teléfono y dirección. Curiosa la forma en que coexisten rígidas normas irrevocables con una actitud de estar de acuerdo en todo, que subyace en la sociedad japonesa. Por algún sitio leí que los japoneses no tenían una verdadera democracia porque siempre estaban de acuerdo en todo; no había una discusión de las diferentes opciones –ya sean políticas, educativas, económicas, etc.- dentro del país, sino que los mandatarios aprovechaban la discusión y ensayo que ya se habían producido fuera del país en lugares como Europa y Norteamérica, y simplemente importaban la mejor opción y la imponían en su país, Japón, porque todo el mundo la aceptaría sin rechistar. El primer ejemplo de ello es el modelo educativo alemán que los japoneses copiaron en los años 1880, cuando Japón comenzó a abrirse a Occidente después de la época de los shogunes. Desde entonces, constituciones y tecnología occidentales han sido la norma.

Sin duda, la sumisión, el estoicismo y la concordancia en una gran mayoría de asuntos han generado hechos positivos como el milagro japonés de la posguerra y el hecho de que 130 millones de personas puedan vivir en un espacio habitable ridículo (apenas los valles de Tokio y Osaka); pero también hay un descenso en las libertades de las personas, cuya estructura social les impide hacer críticas directas en muchos ámbitos de su vida. La foto de hoy es del ejemplo de joven “salary man” japonés: 24 años, recién licenciado, 6 días de trabajo a la semana, de 8 de la mañana a 10 de la noche, por unos 250.000 yenes, que son como 250.000 pesetas de las de antes; eso sí, ¡6 días de vacaciones al año!. Constantemente conozco casos como el de este chico, muchas veces en algún bar después del trabajo (yo también bebería para olvidar). ¡Así que ríete de los Arthur Andersen españoles! Una vez que un joven japonés se incorpora al mercado laboral, o mejor dicho, a una empresa, una gran parte de su vida social (por no decir toda) desaparece. Y la cultura de la sumisión y el autosacrificio nipones son tales que a ninguno se le ocurre quejarse de tales condiciones, sólo esperar a que al cabo de los años le suban un poco el sueldo, porque trabajar, seguirá trabajando tanto. Todo esto, sin duda, afecta mucho a la familia japonesa y a sus niños, hasta que llegan a ese estadio de “salary man”. Pero eso casi lo dejo para otro día.

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