Oe Kenzaburo

Kenzaburo Oe es bien conocido por haber ganado el premio Nóbel de Literatura en 1992, siendo el segundo japonés en conseguir el galardón del gobierno sueco. Los pocos japoneses que lo han leído explican que el estilo de este autor es hermético, difícil. Tal vez se trate de lo que él bien llama “buena literatura” o 純文学, y una de las constantes de los tópicos en sus discursos en universidades americanas: Kenzaburo se queja de que el nivel literario de los libros publicados y vendidos en los últimos años ha decaído considerablemente, y en el pack de autores comerciales incluye sin piedad a Murakami y Banana Yoshimoto, que hacen excesivas concesiones a un lector poco exigente. Kenzaburo contrasta esta situación actual con la de posguerra, y conecta la realidad literaria del país con su realidad económica, social y política. La conclusión más atrevida del incendiario literato es que la sociedad, en su afán por imitar a Occidente y su comodidad económica, ha llegado a una decadencia moral y cultural, a una destrucción de cualquier tipo de valores que puedan sobrepasar lo material. En este caso lo moral no se trata de un juicio pacato sobre el comportamiento sexual de los japoneses sino la denuncia de una exclusiva atención a un consumismo occidental de marca, vacío de contenido; y al plagio de modas culturales que en Japón tienen poca aplicación, sólo en aras de una supuesta modernidad de apariencia. La actitud superficial de los escritores, para Kenzaburo, tiene guarda relación con el fenómeno de la tendencia actual de la sociedad japonesa hacia posturas conservadoras y nacionalistas, cerrándose en sí misma frente a una realidad asiática que le debería ser más cercana y a la que debería respetar en lugar de expoliar económicamente. Aunque las conferencias transcritas en este libro son de los años 90, me gustaría ver la cara del Nóbel si pudiera presenciar las controversias actuales sobre las visitas de Koizumi y compañía a Yasukuni, la polémica sobre la enseñanza de actitudes patrióticas en las escuelas públicas e incluso la nueva legislación sobre el control de la inmigración. Es como si el Nóbel hubiera leído en una bola de cristal lo que iba a suceder diez años más tarde.

Uno de mis estudiantes un día me contaba que la cuestión de las Fuerzas de Autodefensa no era más que un eufemismo y que Japón debería tener un Ministerio de Guerra -Defensa- como todos los demás países, y los japoneses tenían derecho a estar orgullosos de serlo. En parte le di la razón, pero argumentos como los de Kenzaburo, unidos a la tendencia de la sociedad japonesa de cerrarse en sí misma para evitar las disensiones dentro de ella, más peligrosas consignas nacionalistas en un país-isla como Japón, pueden llevar a peligrosas posiciones racistas –latentes y no latentes en la actualidad-, e innecesarias tensiones con vecinos históricamente agraviados.

En cuanto a la literatura, creo que es un fenómeno universal: la introducción de lo audiovisual, Internet y los teléfonos móviles en la vida diaria del ciudadano del primer mundo han afectado también a la literatura, haciéndola más ligera, más visual, menos comprometida filosófica y políticamente, más pobre según Kenzaburo. Es la vieja discusión sobre si el pop art es tan arte como el high-brow art.

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