San Valentín y Mr. Bean

Un día especial para retomar este pobre abandonado blog nómada y sedentario al mismo tiempo; y es especial porque el 14 de febrero se celebra San Valentín, el día de los enamorados. En Japón la costumbre es que las chicas regalen chocolates a novios, amigos, colegas, clientes, profes, etc., aunque los únicos chocolates que me han llegado hasta ahora han sido del gimnasio al que me he apuntado recientemente –que de por sí requerirá una entrada propia en este blog por motivos que ahora me guardo. Así que al tedio de un sábado sin plan, sin chocolates, sin dinero y escribiendo una entrada de blog en el Starbucks de turno –mi único amigo en este mi nuevo barrio- se une esa celebración de San Valentín acaramelado, o mejor, chocolateado; y yo, kawaisoonihitoriboochide más solo que la una. Pero no todo son lágrimas en este valle de Kyoto: junto al Kamogawa, el río que atraviesa la ciudad de norte a sur, unos rayos de luz que luchaban por acercar la primavera a las invernales temperaturas de febrero y unos chavales tocando música al aire libre, me alegraron la tarde. Aunque antes de eso, intenté emular a uno de mis cómicos televisivos favoritos: Mr. Bean.

¿Recordáis el episodio en el que está cenando sólo en un restaurante, se autoescribe una carta de felicitación, la esconde en la mesa, y haciéndose el sorprendido, la abre, la lee y sonríe?

Pues yo fui a un “kombini” –o convinience store o 24 horas nipón- de nombre AM/PM y al que yo suelo llamar en broma ATM. Allí su cajera me saludó con el consiguiente y educado“Irasahaimase” .Compré una botella de agua, una caja de chocolates y me dirigí hacia la caja registradora, donde la susodicha joven me esperaba con inescrutable cara de pieza de cerámica. Allí pagué religiosamente y en el momento de recibir los chocolates por parte de la cajera, le espeté sorprendido (en japonés, por supuesto): -¿Para mí? ¿Son para mí? ¿De verdad? ¡Muchas gracias! ¡Qué alegría! –y le sonreí, contento de mi pequeño chiste. Por la cara de extrañeza que puso la pobre chica, no sé si entendió bien la broma o pensó que yo era simplemente un tarado extranjero que pasaba por ahí, así que me sentí obligado a explicarle -“Yoodan des”- que era una broma. Y sin dejar de sonreír abandoné el establecimiento, al que no se si voy a tener valor para volver durante algún tiempo.

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